La Conciencia - También es Gris ------ 97
Ahora, después de bordear un kilometro de costa, agazapados entre las malezas, observaban a los tres individuos que a unos metros adelante, pareciendo no importarles lo que sucedía, se entregaban en una amigable charla. El Agente consultó el reloj, y volviéndose hacia el grupo, en susurros casi inaudibles para el que sé encontraba mas distante, les dijo: —Nos quedan tres horas cuarenta y cinco minutos; recuerden; nada de algarabía, que dos kilómetros abajo y dos arriba hay otras postas, y tres tierra adentro se encuentra el destacamento de apoyo. Toledo, encárgate del que tiene el pie sobre la defensa del vehículo. Tú Papo, el de la derecha— Y sin mas explicaciones, con la certeza de que la orden iba a ser acatada, se lanzó cara al suelo y comenzó arrastrarse hacia el objetivo. Ya podían percibir claramente la conversación que sostenían los soldados; en ese momento el que estaba recostado a la camioneta, era el que usaba de la palabra: —... pues sí, se lo digo a ustedes que son como hermanos para mi. Si los Americanos se tiran por ahí enfrente— Y señalando para el rifle: —Suelto esta mierda y me uno a ellos. Ya estoy cansado de tanta jodienda; es mejor ser esclavo del imperialismo económico, que de estos zarrapastrosos rusos— —Si Ñico— Afirmó el que se encontraba a su derecha. —Son muchos los años que llevarnos en esto y...— Toledo al escuchar los comentarios, buscó con la mirada a Papo. Éste, motivado por igual razón, procuraba otro tanto; y al encontrase las miradas, aunque veladas por la oscuridad, entablaron ese dialogo mudo que a veces de acuerdo a las circunstancias, expresan mucho más que las palabras. Henry que también entendía el significado de la plática, se dio cuenta; tenía que actuar rápidamente, pues no obstante estar convencido de que el profesionalismo de sus compañeros cubanos no iba a variar, la conversación que oían les tendría que estar haciendo algún efecto. Veloz, para evitar cualquier reacción inesperada les hizo señas, e incorporándose metralleta en mano, apretó el gatillo, dejando escapar una silenciosa ráfaga. A su costado Papo y Toledo emergían en igual forma, haciendo trabajar sus armas. Los tres sujetos sin saber lo que había sucedido, se desplomaron ipso facto. De una zancada llegó a donde estaban, y tocándolos con las botas, Henry comprobó que ya viajaban por el otro mundo.