La Conciencia - También es Gris ------ 91
Al instante oyeron de nuevo a su amigo: —¿Qué hay de los dos gorriones; Volaron?— Papo tomó los prismáticos y cerciorándose: —No; están picando, picando, picando el alpiste— El Agente no tuvo que preguntarle a Toledo, pues había escuchado por el audífono de su radio; los sujetos estaban conversando de pie a tres pasos a la izquierda del callejón. Esa era la oportunidad, tenía que actuar rápidamente. Los invasores previniendo cualquiera de esas cosas que la tecnología americana podría utilizar, habían concentrado a los rehenes en el medio del perímetro que controlaban, dejando las siguientes calles para defensa y las terceras, por mutuo acuerdo con el Comando Operacional; que en si no les quedó mas remedio que aceptar, pues los amenazaron con amarrar a todos los cautivos en el centro de esas arterias, que declararlas zona neutral; cosa que en la práctica no era cierta, ya que los cubanos habían puesto una patrulla por cada lado del rectángulo. Contra estás circunstancias se enfrentaba el Agente; un tiro, una muerte, cualquier cosa que sucediera, y surgiría la chispa que provocaría el pandemonio, o, en el mejor de los casos, como lo habían manifestado los invasores, que ejecutarían a uno o más rehenes según las bajas que tuvieran. Por eso, para evitar en lo posible algún tipo de represalia, estaba trabajando con el team de cubanos. Si eran descubiertos, también él se la jugaba, pues el Comando comunicaría a los invasores que eran un grupo de cubanos residentes en el cayo, y para darle veracidad los marines dispararían por igual contra Papo y Julián. Macabro, inverosímil para personas que llevaban una vida normal: en la oficina, la fabrica, la pesca, el cine, el restaurante, sus casas; pero para él su deber, pues en definitiva al diablo no se le podía combatir con barquillos de helados. Con esta serie de evaluaciones, que aunque simples enfocaban la peligrosidad de los hechos, abrió la ventana, tiró la soga que previamente había atado, subió al pequeño marco, y asiéndose a la cuerda comenzó a bajar. Toledo, que había verificado la atadura del radio adentro de su cartuchera, y asegurado el audífono en el oído, tan pronto su compañero pisó tierra, trepó a la cornisa e inició el descenso. Ya el Agente llegaba casi al borde de la esquina, cuando el cubano aun a mitad del cable, escuchó la voz de Papo: —Están tomando agua— Toledo desde su posición, no obstante sabía que había escuchado, movió dos dedos para indicarle a su jefe que daba constantes miradas hacía atrás, que los dos sujetos caminaban en dirección a la derecha. Henry por la corta distancia a cubrir, calculó que estaban al aparecer. No tuvo tiempo de hacer planes, efectivamente, terminaba sus pensamientos cuando los dos individuos asomaron a su altura. Rápido, sin perder un segundo, se abalanzó sobre ellos; el qué iba por la parte interior al recibir en forma brutal la embestida, sintiendo aquélla garra de hierro que se le clavaba en el costado, se dobló por el intenso dolor.