La Conciencia - También es Gris ------ 90
Era media mañana cuando el Agente abandonó la oficina del Almirante; estimaba por los datos que le habían suministrado, que el sitio escogido era el más apropiado; (-"¿pero hasta no verlo?; bueno, siempre existía la duda"-). Con la mano le hizo señas a sus hombres para que se acercaran. Al tenerlos a su lado, por espacio de unos minutos los estuvo asesorando; hasta que convencido que habían entendido lo que pensaba hacer, montó en uno de los autos que se encontraban aparcados frente al edificio en compañía de Toledo, y dos de los muchachos, indicándole al teniente que conducía, lo llevara al Hospital. Naval. El resto del grupo se introdujo en otro de los coches, que partió velozmente en dirección a la ciudad. Al arribar al centro médico, un hombre que vestía de blanco se le acercó; intercambiaron varias palabras y sin mas, el individuo le hizo entrega del paquete que llevaba en la mano; con la misma, a un —vamos— del Agente, el chófer aceleró haciendo que el auto partiera rápidamente. El trayecto hasta el punto por donde pensaban infiltrarse, lo recorrieron en pocos minutos gracias a la pericia del teniente. Ya desde una ventana del segundo piso, con la mirada de profesional, arma imprescindible en su carrera, estudió cada tramo del pequeño y estrecho callejón que le quedaba abajo. Las paredes de los costados, al igual que la del edificio donde se hallaban, no presentaba ningún saliente o puerta visible; estaban totalmente lisas. A pocos metros, calculó unos siete, el corredor moría en la acera, y de allí, al cruzar la calle, lo único que veía era parte de otra edificación. De los esbirros que vigilaban, ni señal. Se volvió hacia Toledo, y mientras desenrollaba el pequeño bulto que le entregaran en el Hospital: —Comunícate con la gente para ver donde están esos sujetos, que dentro de veinte minutos los relevan— El cubano que sostenía el micrófono del transmisor en espera de la orden, apretó el interruptor, y aproximándolo a la boca: —Azul uno, azul dos, adelante— Agazapados sobre el techo de una de las casas, que aunque a dos cuadras de distancia, por su ubicación les proporcionaba una vista casi panorámica de la calle, Julián y Papo escucharon el llamado. Este último cogió el micrófono del radio portátil colgado en su hombro derecho, y haciendo la misma operación que su compañero: —Aquí azul dos, adelante—