La Conciencia - También es Gris ------ 74
En el avión que lo transportaba de regreso a Washington, dedicó parte del tiempo a leer el amplío informe que le entregare el Profesor. No tenía dudas: si se producía una agresión, aunque esta fuera en las costas; ese simple hecho, un solo disparo enemigo, y la manifestación sicología que se produciría en las grandes masas de la sociedad, a corto o largo plazo .... (-"Bueno, para que pensar, si sucede que otros se encarguen del problema, el mío es evitarlo, o por lo menos tratar"-). Ya en la Capital se dirigió hacia su apartamento, nada más abrir y cerrar la puerta, fue hasta el teléfono; de la gaveta sacó una fosforera, le dio vueltas a la rueda destinada a graduar la llama, descolgó el interruptor, y marcando los números espero el primer timbrazo, el segundo; al empezar el tercero la línea se abrió, y sin perder un momento acercó el encendedor al micrófono. Pasados unos segundos, colgó el auricular y después de guardado el aparato en el cajón, se retiró a dormir, convencido de que el mensaje cifrado e inaudible al oído humano, pues trasmitía sobre los cincuenta mil KHz, había sido grabado.
A la siguiente mañana, después de resolver algunos asuntos personales, e ir al médico para que le quitaran el vendaje que le habían puesto en el portaaviones, se encaminó hacia un restaurante ubicado en la zona Sur de la ciudad. Al llegar ocupó uno de los reservados, pidió un café, y desdoblando el Washington Post que había adquirido al entrar, buscó las paginas deportivas. Por fin, a las dos menos veinte apareció su jefe, tomó asiento frente a él y, sin disculparse por la demora, lo interpeló: —¿Bien? — Rápido, pues ese tipo de cita el viejo no acostumbraba conceder fuera de la oficina: —Ayer estuve en casa del Doctor Kaufman, el es ...— Y después de la presentación, entró de lleno en el tema; lo fue elaborando en forma escueta, profesional, soslayando toda retórica. Ya para finalizar, le señaló la similitud que tenía en el contexto la evaluación de ellos con la del profesor. Dickinson que lo había escuchado con sobrada atención, se pasó la mano por la barbilla, lo miró fijamente, y con voz que no dejaba lugar a dudas: —Yo también presiento algo, y se lo hice saber al Presidente hace unos momentos. El director tuvo que ingresar en el hospital esta mañana, y me encomendó por el revuelo que ha tenido tu noticia, que fuera yo el que asistiera a la reunión. Pero por las informaciones que entraron anoche, no logré convencerlo. No sé si conoces que el médico de ese dictador se pegó un tiro ayer, y también nos enteramos que prepara unas cuantas delegaciones para enviarlas al extranjero, las cuales, según el medio, estarán integradas por sus jerarcas militares, y algunos miembros del Comité Central— —No, no lo sabía— Confesó Henry, y con esa agilidad mental que lo caracterizaba, le alegó: