La Conciencia - También es Gris ------ 6

 

De nuevo por el pasillo fue hasta el elevador, y presionó esta vez el #6. Al abrirse la puerta en el sexto piso, se halló en una habitación pequeña, sin ventanas o salidas visibles, miró hacia las esquinas del techo: dos cámaras de televisión oscilaban lentamente. Seguro de lo que tenía que hacer, adelantó unos pasos hasta quedar frente al saliente que sostenía, lo que parecía un espejo ahumado. Sacó su pañuelo, se limpió la mano izquierda, y la puso sobre el cristal; esperó unos segundos y, al retirarla, una puerta que se hallaba oculta en el lado derecho se abrió; expedito pasó por ella, y ya en la otra estancia de mas amplitud, se dirigió con pasos seguros al buró que se encontraba en medio del salón; extrajo un carnet, y sin decir palabra se lo entregó al oficinista, quien después de revisarlo, apretó varias teclas de la computadora que estaba a un lado de la mesa. En corto tiempo aparecieron en la pantalla algunos números y letras, y sin mas comprobación le devolvió la tarjeta, diciéndole: —Salón 634 — Guardó el carnet en la cartera y dando media vuelta, se orientó hacia el corredor de la izquierda. Mientras avanzaba por el estrecho pasillo, sus pensamientos giraban en torno a la seguridad de aquel edificio de la Agencia Central de Inteligencia: cada piso poseía su propio sistema de seguridad; meses antes le habían notificado que la verificación de huellas, se tenía dispuesta para la mano izquierda. Alcanzó la puerta que buscaba, y ya dentro de la habitación, recorrió con la mirada el espacioso y activo inmueble. Hombres y mujeres, unos sentados frente a pantallas de televisión, otros trazando lineas en mapas, el ir y venir de funcionarios portando papeles, todos parecían concentrados en el desarrollo de sus delicadas tareas. Al ver al doctor Dickinson se detuvo en el recorrido, estaba parado delante de una de las pantallas en compañía de dos especialistas. Éste al girar para tornar algo de la mesa, lo vio y con la mano le hizo señas para que se acercara. Ya, al encontrarse a su altura, le preguntó: —¿Cómo estás Henry?— —Muy bien, Doctor— Dickinson, como comandante de una lancha patrullera en la guerra de Corea, y después trasladado a un submarino, era un hombre que no obstante su edad, el carácter por esos años de orden y disciplina, se le mantenía enérgico, fraguado en el no andarse con retórica, por eso fue al grano: —¿Que ves en la pantalla?

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