La Conciencia - También es Gris ------ 59

Ya sentados, la charla se reanudó. Henry le preguntó por su hijo Frank, amistad que él tenía desde la secundaría; de cómo se sentía por haber dejado la cátedra de la Universidad; sí seguía practicando el golf, etc., etc. En uno de los paréntesis, el ex-catedrático haciendo un alarde de sus facultades analíticas, bruscamente cortó el tema, para no obstante decir la estima que le tenía: —Conozco tu profesión Henry, y deduzco que no has venido tan urgentemente para hablar solamente con este pobre viejo— —Profesor ... usted sabe que yo...— —No; no te disculpes, que ya estoy de regreso por ese camino; sé que me aprecias, pero tú estás consagrado a ese trabajo que te acapara la mayor parte del tiempo y, debo reconocer que gracias a hombres como tú... y mujeres, porque hay algunas que se las traen, todavía tenemos libertad en muchas partes del mundo. Así que dime, ¿para qué soy bueno?— Aquellas frases que no era muy común escuchar, pues por motivos obvios sabía que nunca tendría reconocimiento público, en parte lo recompensaba. Sin demora cogió el maletín que había puesto al lado de la silla, lo abrió, sacó las cintas y al pasárselas, le expresó: —Si no le es molestia, por favor vea esto, deseo saber su opinión— Un leve brillo sacudió la mirada del ex-catedrático; era útil, lo tenían en cuenta. Se levantó, y se encaminó hacia el buró donde se hallaba la grabadora vídeo. Para su edad era un hombre ágil, dispuesto. Al llegar introdujo el tape en la máquina, para apretar seguidamente la tecla destinada a play. Al aparecer la imagen en la pantalla gigante, el Agente con cierta pena, a modo de justificación: —Perdone que le haya cubierto parte del rostro, pero usted comprenderá...— No prosiguió, se dio cuenta de que el profesor absorto en lo único que se veía en la televisión: Los ojos, la boca y las manos de una persona, no lo escuchaba. Pasados unos segundos, el catedrático tomó asiento, y como el que está habituado, con manos hábiles empezó a operar los instrumentos que se encontraban encima de la mesa. Desde su sitio, el Agente podía observar cómo aquél hombre de conocimientos tan bastos en distintas materias, utilizaba el avance tecnológico en aplicar su tesis; la cual, según tenía entendido por su hijo, llevaba estudiando en forma que podía decirse secreta, por más de tres décadas; lo mismo detenía la máquina para enfocar el ojo, que tecleaba en la computadora consultando a la vez el reloj de precisión. Así, en ese constante trajinar, los minutos fueron transcurriendo; hasta que por fin, apagó los instrumentos, y trasluciendo una mirada picaresca, regresó y tomó asiento de nuevo frente a él. Ansioso quiso preguntarle, pero su intuición, aparte del respeto y los buenos modales, le aconsejó no apremiarlo, darle su tiempo para que coordinara las ideas.

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