La Conciencia - También es Gris ------ 58

Por la. mañana, a las ocho menos cuarto, ella se levantó apresuradamente por la hora; se vistió lo más rápido que pudo, para después de darle un beso, partir rumbo a su trabajo en el Departamento de Estado. Alrededor de las once despertó y aun soñoliento, experimento de nuevo aquel presentimiento o instinto; nunca le había fallado, imaginaba que algo grande ocurriría; y cuando una idea se le metía en la cabeza... Fue directo al baño; despejarse era lo primero. Terminada la ducha, se puso una de las combinaciones deportivas, y sin mas preámbulos, salió hacia el centro de la ciudad. Allí en su restaurante favorito, disfrutó del jamón canadiense cubierto con papas horneadas, y las tostadas que desbordantes en jalea, no le podían faltar. Pagada la cuenta se encaminó a las oficinas encubiertas de la Agencia. Al llegar, por no tener previa cita, le demoró un buen rato el proceso de identificación electrónico; y ya pasado el inconveniente, enfiló rumbo al recinto dedicado a los archivos. Tan pronto entró, fue hasta la computadora clasificadora y ponchó la codificación LA11PG. Obtenida la información de cual era el gavetero y la clave para abrirlo, se dirigió al mueble, extrajo el abultado folio, y como el que dispone de todo el tiempo necesario, se acomodó en una de las mesas para comenzar a estudiar hoja por hoja. Tenía que hacerlo allí, pues las regulaciones no permitían sacar del cuarto ni pequeños apuntes. Al finalizar con la última página, sus sospechas se hicieron mas patentes; si bien era cierto que las conclusiones no coincidían con sus ideas, por lo menos ya conocía el historial del individuo. Guardó los papeles, y con la firme resolución sobre los pasos a seguir, abandonó el edificio para dirigirse hacía los estudios Centrales Televisión. Allí encontró a su afamado amigo, conductor de uno de los programas nocturnos de mayor teleaudiencia; charló unos minutos con él, y después de pedirle el favor, retornó a su apartamento. Al arribar fue directamente a donde estaba el teléfono, cogió la libreta de direcciones y abriéndola por la K, encontró la correspondiente a Kaufman; con la misma marcó el número de larga distancia.

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El taxi detuvo su marcha frente a la elegante residencia enclavada en una de las exclusivas barriadas de Boston. Pagó al taxista, y con andar ligero cruzó el jardín de la mansión. Al llegar frente a la entrada, se arregló los cabellos y sin más, pulsó el timbre. En unos segundos la amplia hoja de madera al abrirse, permitió ver la figura alta, delgada, de aspecto agradable, de unos setenta años, que extendiendo la mano: —¿Cómo estás? .. ¿Que, se retrasó el vuelo?— El abrazo, los saludos, y después de darle disculpas por no haber concurrido al sepelio de su señora, se dirigieron hacia el salón que servía de biblioteca y cuarto de estudio.

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