La Conciencia - También es Gris ------ 54
Sentado, con la mirada clavada en el horizonte, presionó hacia adelante el acelerador. Con su típico rugir, el motor comenzó lentamente a impulsar la embarcación hacia mar abierto; no volteó la cabeza; minutos antes había visto las luces del auto de Yamila perderse detrás de las colinas. La despedida fue sencilla, con un quizá nos volvamos a ver, y después, el intercambio silencioso, en que las pupilas expresaron más que las palabras.
El viaje transcurría sin novedad; llevaba unas cuarenta millas recorridas. Ahora fumando un cigarrillo, pensaba en lo fácil que resultara salir de la Isla; bueno, para él que tenía opciones y profesionalismo. Prendió el radio marino y sin preocuparse de la frecuencia, inició el llamado en Ingles: —Esta es Francia, Londres, tres cuatro Ontario Dinamarca ... — Al repetir varias veces la identificación, escuchó el comprendido: —Francia Londres... recibido. Esta es California, América .. ;corto y fuera— Sonrió; (-"corto y fuera; lo que ahora se pondrían más a la escucha"-). Trabó el timón para mantener el curso, y bajando a cubierta cargó al que desde hacia un tiempo, si tenía alma, estaría en compañía de Lucifer. Lo lanzó por la borda y, sin dirigirle siquiera una mirada para comprobar como se perdía en las profundas aguas, se dirigió hacia el camarote; le quitó las amarras a Salazar, y de un empujón lo instó a salir. Ya afuera y bajo la constante vigilancia de su pistola: —Bien, capitán, no es secreto que en este estrecho de la Florida, han muerto cientos de los que huyen de ustedes buscando libertad; algunos nadan muchas millas con tal de alcanzarla; pues bien, para que tenga una buena experiencia, le voy a dar la misma oportunidad; salte que a cuarenta millas al Sur queda Cuba— No pudo resistir mas; las horas que llevaba atado, los mil pensamientos, y ahora aquello, el océano, que significaba la muerte, causaron que sus ánimos se desplomaran en desesperadas súplicas: —No, eso no por favor; cuando lleguemos yo no diré a Inmigración que me secuestraste; es más, si quieres, te quedas en la costa, y como no se tú nombre ...— No le permitió continuar; sentía repugnancia de ver como conocía tan bien las leyes de su país; pero lo qué más le mortificaba, era que en su nerviosismo había dejado de ser un profesional, pues no se dio cuenta de que le había hablado como que era cubano, y esos pequeños detalles no los soportaba. Su voz fue ahora despreciativa: —Para de berrear, y al agua— Desesperado, en cambio brusco que surge en su mente, el Capitán reaccionando inesperadamente se abalanzó hacia él, a la vez que gritaba desaforadamente: —Perro, me tienes que matar..— Al llegar a su altura; Henry, veloz, utilizando el impulso que traía, lo agarró de una mano, e inclinándose se lo pasó por detrás de la espalda, proyectándolo por el aire. Manoteando, procurando algún soporte imaginario, Salazar fue a parar a las corriente del mar Caribe. El Agente exhaló una bocanada de aire, y levantando la mano, despreocupado, seguro que ese era el final de la misión, expresó en Ingles: —Good bye—, para a continuación encaminarse hacia la caseta de controles.