La Conciencia - También es Gris ------ 53

Todo ocurría en forma vertiginosa; enderezó el arma hacia Salazar, convidándolo a no moverse; mientras sin perder el control de la situación, dirigía fugaces miradas al corredor que se perfilaba al costado, y al sujeto que caía; percibió que éste al llegar al piso, había puesto su hombro derecho y alargado la mano para aminorar el impacto; la otra ya la encauzaba con destino al cinto. (-"El buldog disponía de buen entrenamiento"-). Sin demorar un segundo, orientó el silenciador a la vez que apretaba el gatillo. En el ambiente solamente se escuchó un leve zumbido; la bala le entró al sujeto por encima de la ceja izquierda, fulminándolo en el momento. De nuevo apuntó hacia el Capitán, para interrogarlo si había alguien más en la casa. El de la Seguridad del Estado, nervioso, reflejando lo improvisto de los hechos, pero sin relegar la mentalidad del que siempre ha sido temido: —Esto lo vas a pagar caro, yo mismo conduciré el pelotón de fusilamientos— El Agente avanzó hasta él, y acercándole la pistola: —Si te portas bien, podrás seguir fusilando gentes— Lo expresado de manera sencilla, para que entendiera que cooperar era mantenerse en el mundo de los vivos, surtió efecto. Después de recibir la confirmación, que eran los únicos que se encontraban en la residencia, pasó a explicarle lo que deseaba de él, y con velada amenaza concluyó recalcándole, que si no tenían problemas, podría regresar de los Estados Unidos. Luego de que el G2 llamara a los guardas fronteras para preguntarles por el tiempo, y comunicarles que iba a salir a pescar, recogieron lo del deporte, y encaminándose hacia la terraza, deslizaron el pequeño yate hasta el mar. Ya adentro de la cabina, con unas sogas que encontró tiradas, le amarró pies y manos. A continuación revisó la despensa: varias latas rusas en conserva, y el depósito de agua mediado. Subió al cuarto de controles y accionando el encendido, vio que la aguja marcaba tres cuartos tanque de gasolina. Complacido de la forma que se presentaba todo, retornó a la residencia. En su interior fue directo hacía el cadáver, lo cargó y lo llevó afuera; penetró de nuevo, y con un paño que cogió de la cocina, limpió la sangre esparcida por el piso de la salas; apagó las luces, y al salir, agarró la escoba recostada a la pared. En el exterior, con pasos rápidos se encaminó hacia donde había dejado a Yamila. Al llegar, ella sin poder ocultar la inquietud que la embargaba, lo inquirió: —Pensé que sucedía algo — —No, todo salió como lo planeamos, aunque se me reviraron, y tuve que eliminar a los dos— Al ver que se ponía aun más inquieta: —Pero no te preocupes, me los llevo, y cuando estemos lejos los lanzo al mar. Bueno, pásame la llave del maletero, que todavía tengo que transportar los dos tanques de gasolina y quitar parte de las huellas

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