La Conciencia - También es Gris ------ 51
A la siguiente mañana, radiante, experimentando aun la noche vivida, Yamila conducía el auto por la amplia arteria que serpenteaba a lo largo del malecón habanero. Al sortear uno de los pocos coches que transitaban a esa hora, le vino a la mente las instrucciones que le explicara Henry minutos antes. (-"Ir a aquel café de la calle Galiano, para dejar en una pequeña grieta que estaba debajo de la tercera mesa derecha al fondo, el mensaje cifrado"-). Cuando terminó de cumplir la misión, se dirigió hacia su trabajo en el Ministerio, y a eso de las dos de la tarde, pretextando una leve jaqueca, pidió que le permitieran irse a su casa. Ya en el interior del vehículo, condujo en dirección a una de las tiendas que servían sólo a extranjeros y funcionarios de alta jerarquía. Al llegar, compró una muda de ropa color oscuro, y al abonar el importe, comentó con la empleada que era para el esposo de su tía, que vivía en el interior de país. De ahí, antes de regresar a su casa, se detuvo en el garaje para llenar el tanque de gasolina.
Comenzaba apagarse las últimas luces del día, cuando de nuevo en el volante la atractiva mujer manejaba a moderada velocidad; esta vez por la carretera que conducía a Guanabo. Semi encorvado en el asiento de al lado, Henry iba actualizando en su mente los hechos más sobresalientes, para así tenerlos vigente al momento de su llegada a los EE.UU., y de lo cual no tenía dudas, poder rendir un buen informe. Iba en ese momento pensando en lo concerniente al maletín del médico, cuando Yamila le llamó la atención: —Ya estamos cerca— y con la misma volteó a la izquierda, abandonado la vía de primer orden. Ahora al entrar en aquel sector de la playa, comenzaron a divisar las casas, que por su separación y tamaño, indicaba la exclusividad del reparto. Al rebasar uno de los pequeños promontorios, detuvo el auto, y señalando hacia la residencia que le quedaba enfrente, casi a orillas del mar: —Esa es; el bote lo tiene en el otro lado, debajo de la terraza— —Bien, regreso en uno minutos — Henry agarró el picaporte de la puerta, y en el momento que lo iba accionar, ella tomándolo de un brazo, le recordó: — Ten cuidado con Salazar, que por algo es Capitán del G2, y no te fíes tampoco de su ayudante— —Me cuidaré— replicó tajante.