La Conciencia - También es Gris ------ 49
También me vino a la mente lo de la carta que nunca llegó, y el envío por sutiles presiones, de un estudiante al África— Hizo un alto; y después del breve paréntesis que parecía ordenaba las ideas, prosiguió, pero esta vez poniendo énfasis en las palabras: —Fue entonces que empecé a comprender muchas cosas ... que aquí no había revolución ni nada, sólo un pequeño grupo de privilegiados que disponían de las personas a su antojo; los dueños absolutos de la Isla. Pues bien, por la mañana me dirigí hacia el trabajo con el firme propósito de aceptar todas las invitaciones de Armando; no solamente para averiguar la verdad de lo acaecido a mi novio, sino, y aunque esté mal en labios de una mujer, vengarme, hacerle sentir que nunca lograría la intimidad que el deseaba. Lo demás lo puedes imaginar, por eso cuando asistí a la Convención de la Salud celebrada en Yugoslavia, y me propusieron trabajar para ustedes, acepté. Por cierto que aquel señor que era médico italiano, o se hacía pasar como tal, usó una serie de artimañas, que no me quedaron dudas era un agente de la Agencia Central— Al pronunciar estas últimas frases, que eran el final de su desahogo deseado por tantos años, recostó la cabeza en el respaldar y, como la que entra en un paréntesis de recuerdos, susurró: -Si no hubiera sido por mi, quizás ....- Henry comprendió el gesto. La había escuchado con suma atención, más bien no por el relato en si, pues éste, variando algunas circunstancias, eran frecuente en los países totalitarios, sino que comprobaba una vez más, aunque con pequeños errores posiblemente debido a la narración, que la oficina encargada de evaluar a los funcionarios de primera y segunda categoría, para llegado el caso reclutarlos, se anotaba otro punto. Ahora, en un ademán motivado quizás por la postura pensativa en que ella había quedado, o por la receptividad que mostraba al contarle aspectos retadores, se inclinó y le tomó una de las manos. No lo rechazó, solo noto un fugaz fulgor en su mirada; percibía los dedos fríos, sin vida. Entonces con voz impregnada de magnetismo: -"No tengas dudas, si es cierto que las pruebas no lo acriminan vistas desde el punto jurídico de nuestro mundo occidental, si lo es ante cualquier persona que conozca de las bajezas humanas; además, y tu lo sabes bien, no eres culpable. La ley de causas y efectos, cuando está relacionada con el aspecto involuntario, que uno no puede controlar los sentimientos de los demás, no es aplicable. Si despertaste esa pasión malsana mezclada con la podredumbre política en la que está enlodado tu país, también tú eres capaz de hacer brotar realidades puras, que se aparten de la consabida vulgaridad"-.