La Conciencia - También es Gris ------ 43

Después de tomar el café, la velada se prolongó hasta la madrugada. El día siguiente no tan sólo le fue útil para recuperar fuerzas,, sino que tuvo la oportunidad de adentrarse más en ese mundo solitario, místico, con el cual el hombre de campo comparte frustraciones y anhelos. Ya en el automóvil, listo para partir, levantó la mano, dándoles el último saludo. (-"Gente como esta"-), pensó, (-"sin instrucción pero con un gran concepto humano, ayudar al prójimo; la libertad podrá ser escarnecida pero nunca subyugada"-). El auto dio una leve sacudida, y moviendo sus gomas, emprendió el recorrido.

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El trayecto hasta la Capital fue sin contratiempos, animado por la elocuencia con que el joven campesino enfocaba los distintos tópicos sobre la vida en el país. El coche avanzaba por la calle L en el Vedado; al llegar a 23 dobló a la derecha y se estacionó a unos metros de la esquina. —Bien; ésta es la dirección— Henry miró hacia ambos lados; las aceras se encontraban concurridas; pasaría inadvertido. Se quitó el reloj y guardándolo en el bolsillo, le extendió la mano: —Gracias por todo— Se bajó, y con naturalidad comenzó a caminar acera arriba. Al cruzar una bocacalle, volteó hacia la derecha; ahora andaba despacio, comprobando las numeraciones. A mediación de cuadra se paró, aquella era la casa, había luz y el auto de fabricación soviética, aparcado frente al garaje. (-"Debe estar adentro"-), se dijo; y sin vacilar atravesó el pequeño jardín. Al llegar a la entrada se encorvó, y metiendo la mano por el bajo del pantalón, extrajo la pistola y la colocó a su costado, por el interior de la camisa. Ya con el arma accesible para sacar y disparar, pulsó el timbre. Al transcurrir unos segundos la puerta se entreabrió, y asomó aquel bello rostro de mujer: —¿Diga?— En el acto la reconoció, era la misma de la foto. —Buenas noches, mi nombre es Carlos Martel, y traigo un presente de la playa— Las pupilas enmarcadas en los ya de por si brillantes ojos, refulgieron como perlas al ser holladas en su concha. Henry al advertir que se encontraba indecisa, insistió: —Vengo a traerle un presente de la playa. ¿ Usted es Yamila?— El segundo intento causó efecto, y reaccionando, no obstante un poco nerviosa: —Sí, adelante. Oh perdón!, trae la trusa— Henry esbozó una sonrisa de picardía, y sin más, entró a la casa. De inmediato, con la mirada recorrió la pieza; no había adornos de lujo, pero si comodidades: muebles estilo contemporáneo, el bar lleno de botellas y encima del televisor a color, la grabadora video.

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