La Conciencia - También es Gris ------ 40
Ellos sabían que la fiebre porcina, la conjuntivitis y los otros males que aquejaban al país, se producían por la falta de higiene, en el constante trasiego de visitantes, delegaciones, guerrilleros traídos de diferentes países, personal que no llenaban los requisitos de salubridad. No cabían dudas, estaba obcecado de tanto repetir en sus conversaciones y discursos, las acusaciones. Había inyectado en su mente diabólica, el convertir la mentira en verdad. De pronto escucharon unos golpes en la puerta, los tres miraron hacia ella. El que llamaba no espero respuesta, la abrió; era el medico del líder revolucionario; le hizo señas, fue hasta él, hablaron en voz bajá por unos segundos y al terminar se volvió, manifestando en otro brusco cambio de temperamento: —Me tengo que ir, así que ya saben, sitúen a esos hombres donde ustedes quieran— Al cerrarse la puerta, la habitación quedo en expectante quietud. Los dos que quedaban en la habitación compartían la tesis, al igual que la mayoría en el gobierno, que si el líder caía, todos ellos se hundirían con él. Roberto buscando una salida para despejar el ambiente, aunque fuera a costa de mentirse, procuró darle gracia al asunto. —El comandante cuando algo no le sale bien, parece como esos niño en las tiendas, que al no comprarles el juguete que quieren, arman tremendo berrinche— —Si, así es— Corroboró de manera seca el Ministro, diciéndose para su adentro: (-"Si, un niño, pero muy peligroso"-).
En el momento que el Presidente abandonaba la mansión en compañía de su médico personal; en otra casa, pequeña, humilde, construida en su mayor parte con tablas provenientes de palmas, una muchacha, de facciones finas, pelo recogido formando moños, caminaba en dirección al lecho qué, aunque modesto, resplandecía de limpio. Al llegar al camastro se inclinó y le observó por unos segundos: —Dormido— , murmuró, y quitando el paño que cubría su frente, con ademanes delicados lo tocó: (-"El herido que estaba acostado, no tenía fiebre"-) En ese instante el hombre comenzó abrir los ojos. La joven campesina de susto o de rubor, en gesto rápido retiró su mano: —Papá, papá, está volviendo en si— —Ya voy hija— Alto, delgado, vistiendo guayabera que contrastaba con su rostro arrugado, curtido por el duro trabajar la tierra, traspasó el umbral, y acercándose al herido: —Muchacho, ¿cómo te sientes?— Aún con la vista nublada, sin poder distinguir a plenitud, el aludido respondió: —Bien, gracias, no tengo dolor— —De buena te salvaste muchacho; si te llega encontrar Estanislao esta mañana, allá por el surco, de seguro ahorita estarías preso o fusilao. El vive en el lindero que da por atrá de la carretera; es miliciano, así que figúrate; con nosotros no tienes problemas, yo etoy en contra de esta gente desde...—