La Conciencia - También es Gris ------ 34
Sin miramientos, usando todo el peso de su cuerpo se le abalanzó, mientras que el comando iba desgarrando, músculos, arterias, lo que encontraba a su paso en el pecho del individuo, le pronunció las últimas palabras a aquel, que quizás fuera también una víctima del sistema imperante en la Isla. —Pendejo, miedoso, tenias una bala en el directo— Extrajo el arma, no comprobó nada más, y rápido emprendió veloz carrera hacia los manglares. Cortado, arañado, arribó a donde estaba el bote; tenía agua adentro, no importaba; conocedor de los pasos a seguir, abrió la válvula del botellón de aire comprimido. Al tener la balsa inflada, saltó a ella, cogió la soga de arranque, halo, nada, volvió a tirar, cero; mientras repetía la operación, sus pensamientos recordaron al mecánico: (-"Papo si te agarró; que embarque, y lo mas triste, que es en una barca"-). No terminaba de evocar a su amigo, cuando una luz surgió en el espacio, y al momento todo el sector se iluminó: (-"Bengalas, coño tengo que apurarme o me ensalchichan"-Soltó la soga, y sin perder la ecuanimidad, desconectó el tubo que alimentaba al motor de gasolina, se lo puso en la boca y extrayendo un buche, verificó que no estaba obstruido. (-"La propela. Voy a comprobarla y si esta bien, no queda mas alternativa que huir nadando o fajarme por los palos"-). Conectó el pasante de nafta, y agarrando la palanca que servía de soporte al motor, hizo fuerza hacia él. Al quedar la hélice expuesta a su vista, murmuro: —Se jodieron— y alargando la mano, comenzó a quitar las algas que la mantenían trabada. De nuevo otra luz bengala resplandeció en el aire. —Teniente, aquí están, parecen muertos— —Llévenlos al campamento. Eh! ustedes, revisen la costa — Al escuchar las palabras provenientes de la playa, Toledo apuró el trabajo de limpieza. Finalizó y colocando el motor en posición, lo arrancó. Sin perder un segundo, conectó la bomba de extraer agua. Ya listo para partir; por entre los palos de bambú apareció un soldado, empuñaba un rifle: —Alto o disparo— ordenó el militar. —Qué carajo alto— Se dijo Toledo, y sacando la pistola que le era más accesible que la metralleta, le mandó cuatro plomos de nueve milímetros, al tiempo que le gritaba: —Por comemierda— Sin virarse, de espaldas a la proa, le dio vueltas al acelerador, impulsando el bote rumbo a mar abierto. Atrás le dejaba a su seguidora un poco de carroña, para que estuviera contenta. Había burlado de nuevo a la muerte.