La Conciencia - También es Gris ------ 33

 

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En el sumergible cambiando impresiones, se encontraban los dos primeros oficiales y el Capitán. Este, último era el que ahora usaba de la palabra: —¿De que nos vale a nosotros, al igual que a Francia, Inglaterra y los demás países, tener precauciones, si lo de estos rusos es un desastre? Hace nueve meses que uno de sus barcos depositó desechos atómicos en esta zona, y de tan inconsciente que lo hicieron, ya hay filtraciones de radioactividad— El primer oficial conocedor del asunto, le dijo: —¿Y a ellos que les importa, si están a miles de millas de aquí?— —Pero a nosotros si, porque.......— No pudo finalizar la frase. —Señor, mensaje del Comando— El supervisor de comunicaciones se acercó y le entregó la nota. La desdobló y después de leerla, se la pasó al oficial, manifestando: —Señores, a prepararnos para brindar apoyo logístico bajo la fase tres, dos águilas vienen hacia aquí para ayudar

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Mientras, en la costa seguro de que lo esperarían, Toledo recogió la antena y la metió en el maletín; lo cerró y sin dilación, con ayuda del cuchillo, abrió un hueco en la tierra. Ya enterrado el radio, se desplazó hacia la parte derecha del promontorio. Al llegar, observó la silueta de los dos militares que continuaban en el mismo punto, parado uno frente al otro charlando. En el correr de los minutos una idea tomaba fuerza en su mente; dar un rodeo lo había descartado con anterioridad, pues este le tomaría mucho tiempo, aparte de que si los soldados eran posta fija, no tenía dudas de que habrían mas en zona. (-"A la tremenda, no me quedaba más remedio"-), pensó. Como serpiente, con la muerte entre sus fauces; sutil, que de la sorpresa se vale para vivir, comenzó a arrastrarse; sus colmillos, el acero que portaba en la mano; matar para que no lo mataran, ese era su veneno. Llegó a pocos pasos de los hombres; ya oía con claridad la plática; sin detener el avance, calculó: tres, cuatro segundos, y en forma ágil, apretando el pie contra la tierra, se irguió y se lanzó veloz hacía ellos; al estar casi a la altura de los vigilantes, se ladeó y, sin aminorar la velocidad, le asestó un batacazo con el hombro al de su derecha, a la vez que le empujaba al otro el cuchillo por el estomago hasta el mismísimo mango. Todo sucedía en centésimas. Ya sacaba el cortante, cuando de pronto sonó el disparo. El que recibiera su embestida, caía al suelo manteniendo aun el rifle en su poder.

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