La Conciencia - También es Gris ------ 31

El croar, superado por algún que otro cantar de grillo, eran los únicos que se enseñoreaban del absoluto silencio del paraje. Oculto detrás de un no muy elevado risco, se encontraba Toledo; prácticamente acababa de arribar al área donde dejara el bote. Ni indicio de Henry: (-"¿Que le habrá sucedido?"-) Asomó despacio la cabeza, y de pronto, exclamó. —Carajo, ahora si estoy jodío!— La expresión era motivada por los dos soldados que se encontraban a unos 80 pies, obstruyendo el paso hacia los manglares. Sin analizar por que estaban allí, se dejó rodar por donde había subido; tenía que notificarle al barco del problema, para que lo esperaran media hora mas. Al llegar abajo, sin dilación cogió el maletín; extrajo el alambre de antena, y con una de las puntas caminó por entre los árboles, Al comprobar la distancia, amarró el aislante a la altura que le daban sus manos. Con la misma regresó al radio y tomando el otro extremo del alambre, trepó otra vez por el risco, hasta el punto en que quedara tenso; ató el aislante a la roca. Descendió y ya abajo, comenzó a redactar el mensaje. Mientras iba leyendo y anotando en la libreta de código, maldijo que no hubieran inventado un libro, que a corta distancia se pudiera ver en la oscuridad. Al terminar de cifrar, le reprochó a los que no podían oír. (-"Esto que toma segundos, me ha llevado un siglo"-)

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Minutos antes, a 15 kilómetros de la costa, el diálogo en el interior del yate iba adquiriendo caracteres de violencia; no por discrepar en opiniones, mas bien por el enfoque de razonar e interpretar las palabras. En ese momento era Papo el que usaba de la voz: —Coño, a mí que carajo me importan las órdenes, si faltan ocho minutos, como si son mil; aquí los esperamos un rato más— Y a continuación, atropellando las sílabas: —Tú sabes que Toledo y yo nos hemos descojonado bastante en estas cosas, para ahora hacer el papel de maricón y dejarlo en la estacada— Julián no pudiendo resistir mas aquella descarga de imputaciones: — Pero qué te pasa, te han echado pica pica en el trasero; lo que hice fue un comentario de que faltaban ocho minutos para la hora; pero si la cosa es de cojones, yo los tengo igual que tu; es más, si quieres estrellamos esta mierda contra la costa, y los vamos a buscar — El mecánico, con los ojos hinchados, irritados por el salitre y el mal dormir, le fue a replicar: —Mira Julián, yo .......— No pudo, en ese momento el receptor lo cortó en seco, y haciendo un gesto, exclamó: —Ahí están— Raudo se dirigió hasta donde estaba el aparato, disponiéndose a copiar los puntos y rayas. Julián también presuroso, se situó a su lado. Ya habían olvidado el intercambio que tuvieran; en hombres como ellos, compañeros de lucha, no existía el rencor; esas discusiones, producidas bajo el calor de las inquietudes, les servían para aminorar los ánimos.

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