La Conciencia - También es Gris ------ 29

 

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La casualidad, el destino, ¿quién sabe?; lo cierto es que la Historia está plagada de hechos que por su colorido resultan espectaculares; pero que no son nada mas que circunstancias, según la forma de vida en que se desenvuelve la persona. Percibió que algo le caminaba por la mejilla; en su aturdimiento, aun con los sentidos embotados, se llevó la mano al rostro. El saltamontes, por naturaleza, al ver el peligro venir, dando un brinco fue a parar a su medio ambiente. Al deshacerse del intruso, no procuró más movimientos; mantuvo la mano sobre la cara. Mientras, transcurrían los minutos, Toledo lentamente iba recobrando sus facultades, percatándose de la situación, (-"La noche anterior, al intentar mejorar su efectividad en los disparos, se corrió hacia la derecha, la explosión, después cedió la tierra. La suerte, bueno, aunque la cosa estaba enmarañada, por lo menos, conservaba la vida, y eso, era bastante"-). Con gestos leves, estudiados, meneó las piernas y el cuerpo; al confirmar que no tenía ninguna fractura, sólo golpes en el lado izquierdo y algún que otro arañazo, pretendió desde esa postura mirar la cima; le fue imposible, el manto de ramas que impidió siguiera cayendo, lo había hecho rebotar hacia adentro del saliente rocoso. Se encorvó e inclinándose, la vio: -Hum, unos 20 pies!-. Formulada la exclamación, se recostó a la roca, y mientras sacudía el polvo de su deteriorada vestimenta, analizo la situación; eran las ocho menos cuarto, por lo tanto si iba hacia el punto de ex-filtración, tenía que arriesgarse a caminar de día; la otra opción era esperar el anochecer, para después dirigirse a la cooperativa Santa Lucía. No lo pensó dos veces, y decidiendo seguir las reglas que le enseñaran en el campo de entrenamiento encubierto en el estado de Virginia, optó por la primera, siempre le había dado buenos resultados, pues en definitiva si perdía la embarcación le quedaba su contacto. Ahora todo dependía del radio. Se quitó la mochila y al ponerla en el suelo, soltó un improperio: —Coño, perdí el cabrón silenciador— Sin menoscabo comenzó aflojar las correas que sujetaban el maletín. Al tenerlo en sus manos, le dio vueltas, buscando alguna rajadura en el fiberglass. No la encontró; complacido de que seguía manteniendo impermeabilidad, lo abrió, y sin demoras, seguro de lo que iba a oír, accionó el interruptor.

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