La Conciencia - También es Gris ------ 28

En un alarde de compañerismo, corrió encorvado hasta la orilla. Otra andanada levantó hojas, perdigones y polvo no muy lejos de él; nada, ni señal de Toledo: (-"No lo podía ayudar"-). Veloz regresó a donde estaba la mochila, se la puso, y en precipitada carrera, bajó la lona por el mismo sitio que subiera en la madrugada. Al arribar a la falda no se detuvo, sabía lo que tenia que hacer, y tomando rumbo Norte, anduvo por espacio de un kilómetro hasta topar con un arroyuelo. Las detonaciones ya no se escuchaban; tomó unos minutos para limpiar y vendar la herida que seguía manando abundante sangre. Al terminar de curarse lo mejor que pudo, extrajo de la mochila una de las granadas, e inclinándose buscó por el suelo algún gajo que estuviera seco, y a la vez fuera delgado y algo resistente. Encontró él que deseaba, y para cerciorarse que servía, partió una de las puntas. Hecha la comprobación se internó en el río. Ya en la otra ribera, caminó unos pasos procurando que estos fueran largos, y las pisadas quedarán impresas sobre la tierra. Al detenerse apretó la granada con la mano izquierda, mientras con la derecha, usando extrema precaución, fue quitando el pasador; al tenerlo fuera lo guardó; cogió el gajo e introduciendo una de las puntas por el orificio, lo deslizó con suavidad; cuando tuvo cruzada unas dos pulgadas, al reparar que no tenía mucho juego dentro del hueco, murmuró. -Ojalá que aguante-. Sudoroso, le dolía la herida, deseaba descansar; pero era su vida la que estaba en peligró y tenía que hacerlo. Despacio, manteniendo el pulso sereno, comenzó aflojar la presión que ejercía sobre la espoleta; ésta se fue abriendo milímetro a milímetro, y cuando sintió que se sostenía, consciente de que si el pasador inventado no resistía, la espoleta saltaría; colocó la trampa en el suelos de forma que la rama quedara atravesada en lo que se podía considerar un sendero. Retornó al arroyo andando de espaldas; esta vez marcando nuevas huellas. Marchó por dentro del agua y, cuando estimó que estaba a considerable distancia de la granada que dejara preparada, y cuyo fin no era otro que inducirlos a creer que se dirigían dos rumbo Norte, salió del riachuelo y encaminó sus pasos hacia el Sur. Extenuado por la caminata y la perdida de sangre, arribó al otro lado de la cordillera; todavía era de noche, faltaba una hora para amanecer. Con ayuda de los prismáticos cateó lo que tenía enfrente; allí estaba la carretera principal de la isla. Esperó unos minutos, nada, no circulaban ni personas ni vehículos; se

preguntó si la falsa pista había dado resultados, aunque también deducía que el gobierno no consideraba factible una infiltración por la costa Sur. (-"Bueno, qué más daba"-), y tomando todas las precauciones, se desplazó hacia la arteria de asfalto.Al cruzarla, prosiguió paralelo a ella; mientras avanzaba, sentía que las reservas físicas lo iban abandonando, la vista se le nublaba por momentos. De pronto, a lo lejos, distinguió una luz, intentó concentrar la mirada en el resplandor; ese fue el colofón, su esfuerzo final, no pudo mas, cayó sin sentido sobre la hierba.

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