La Conciencia - También es Gris ------ 23

Se voltearon y poniéndose en cuclillas, caminaron unos metros; ya en el otro borde, Henry tomó los prismáticos, y observó el pequeño campamento proyectado a unos 400 metros abajo; lo analizó, y comprobó que era como lo viera en las fotos; las barracas, el tanque, la cerca; consultó su digital: las tres y cinco. Se dijo: (-"aun hay tiempo"-). Sacó las dos cajas de la mochila, tomó en su mano la mas pequeña, y haciendo presión deslizó su tapa por la parte ancha. Toledo que había visto las dos cajas sobre la mesa en la casa de seguridad, se inclinó para mirar mejor; tenía un metro que oscilaba levemente. El Agente lo aproximó a la metralleta, la aguja dando un tirón fue a recostarse en la parte derecha de la escala. —Parece bastante sensitivo— —Si—, expuso Henry: —Con el control de ganancia al máximo, puede detectar metales hasta diez pies de distancia— Lo colocó a un lado, extrajo de la caja grande el rollo de alambre transparente, y desplazándose hacia uno de los arbustos cercanos, amarró el extremo que traía conector, dejando unos cinco píes libre; cogió la grabadora y en el orificio que aparecía escrita la palabra "Mike", introdujo el enchufe. Terminado esto se despojó del reloj y del cuchillo; vació la mochila y puso en ella solamente el objeto que aparentaba ser un embudo; tomó el detector de metales, y alargando la mano, el registro leyó punto tres. El sabía que el aparato era direccional, y aunque los únicos metales que llevaba encima, aparte de los clavos de las botas y el alambre, eran los componentes del micrófono, quería tener un patrón más preciso. Al sentirse preparado, Henry se volvió, comunicándole: —Voy a bajar— —No, lo haré yo— profirió Toledo en tono desafiante. Henry comprobaba una vez más, desde que desembarcaran, que estaba frente a un hombre con el cual tenía afinidad, por eso tratándolo con camaradería, le respondió: —Eres igual que yo, te gusta ir al frente, no delegar en otros el peligro; pero en este caso el jefe soy yo— Y dejando en el ambiente una sonrisa que le quitara un mal sentido a sus últimas palabras, comenzó a descender. Cuándo estuvo a unos 80 metros de la cerca del campamento, extremó las precauciones; el terreno se presentaba sin declive, cubierto solamente por aislados promontorios de fina maleza. Ahora comenzó avanzar a rastras, procurando no hacer ruidos. Ya veía la silueta del soldado en la torre de observación. De pronto, la aguja subió a la escala de dos; con lentitud prosiguió adelante, el metro gradualmente iba leyendo mas numeración; cuando llegó a nueve, tensó los músculos, giró el detector hacia la derecha e izquierda, progresó medio cuerpo, ahora el indicador medía al máximo. Agudizó la mirada, lo vio, estaba frente a él, un alambre estirado a seis pulgadas del suelo; respiró para relajar los nervios, había pensado que era una mina.

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