La Conciencia - También es Gris ------ 22
La noche, su mejor aliado, iba devorando paulatinamente los escasos rayos del Sol que se alejaban por el occidente de la Isla. Media hora antes habían limpiado las huellas, enterrado los desperdicios y llenado de hojas y ramas el sitio donde pernoctaran. Cruzar el río no les resultó difícil por aquella parte poco profunda. Ahora el avance resultaba más penoso; a cada paso el terreno presentaba quebradas, grandes piedras, abismos, la única arma que poseía para defender su orgullo de naturaleza milenaria. Llevaban unas horas recorridas, cuando Henry que iba de guía, se detuvo, y ocultándose detrás de un gran algarrobo, le dijo a Toledo que adelantara. Al estar a su alcance le entregó los catalejos, susurrándole: —Son hombres armados, parece ser una patrulla— Toledo enfocó hacia el lugar que se le indicaba; los vio, eran seis; por la distancia y el color que daban los rayos infrarrojos, no podía determinar muy bien, pero creyó por la indumentaria que no parecían cubanos; exclamó en voz baja: —¡ Son rusos!— Con el pomo de líquido verdoso que ya tenía en la mano, Henry le aclaró: —Puede ser que alguna unidad de reconocimiento se apartó de su ruta, pues la zona que ellos controlan está más al Este— Y entregándole el pomo: —Es para despistar el olfato de los perros, úntale a la suela de las botas— Tan pronto la patrulla se alejó, reanudaron la marcha, decidiendo hacerlo más por dentro de la cordillera. Llegaron a la loma que buscaban, y después de reponer fuerzas por cinco minutos, emprendieron el ascenso. El carácter, el entrenamiento, y la voluntad, los estaban sometiendo una vez más a prueba; se aferraban a cualquier cosa, piedras, ramas, salientes; aunque estaban allí por distintos motivos, uno por cumplir el trabajo de inteligencia que le encomendara su país; el otro, por esperar el imponderable, la ayuda de sus aliados, o tal vez por el sólo deseo de pisar tierra patria, y saber que enfrentaba a los nuevos esclavistas del siglo XX. La razón: el constante ascenso, vencer el agotamiento, arribar a la cima, esa era la prioridad del momento. Despacio, tomando todas las precauciones, irguió la cabeza, miró hacia los lados; enfrente, nada, la quietud y el silencio eran absolutos; apoyó su pie derecho en una piedra, y asiendo una rama tomó impulso; el esfuerzo dio resultados, logrando que alcanzara la cumbre; se tiró en la hierba boca arriba; atrás lo siguió Toledo imitándolo. Los dos respiraban profundamente, en cada bocanada de aire querían revitalizar sus cuerpos exhaustos, pero el deber en hombres como ellos se imponía, y máxime cuando todavía tenían toda la tarea por delante.