La Conciencia - También es Gris ------ 20
En el instante que le hacía entrega de los documentos, Julián les informó que estaban en el punto señalado. El Agente verificó sus efectos personales, la cámara microfilm, la pistola, todo estaba en orden, lo demás permanecía en la mochila. Subieron a cubierta, y con la ayuda de Papo lanzaron el bote al mar. Toledo fue el primero en saltar, y sin demora, ya que el tiempo abreviaba, le fueron pasando las bolsas, los dos tanques de gasolina, un balón de aire comprimido y las dos metralletas. Henry puso las manos en la baranda y se disponía a brincar, cuando sintió que lo tocaban por el hombro: —Buena suerte— Giró la cabeza y por respuesta le hizo un guiño. Papo también guiñó un ojo. Con ese gesto daban por concluido el diálogo; entre ellos no cabía dar las gracias, esa formula social con la cual se manifiestan las buenas costumbres, la usaban en otras circunstancias. Cogió impulso y elevándose por encima de la barandilla, cayó en la barca de caucho. Toledo, que ya mantenía el motor silencioso funcionando, le dio nafta, alejándose como ellos lo llamaban, del buque madre. El mecánico al verlos partir entró en la cabina y dirigiéndose a Julián: —Si Toledo está loco, más loco es el americano — El timonel lo miró y en forma burlona: —Y qué me dices de nosotros— Y antes que Papo entrara en argumentos, le señaló: —Vamosno de aquí, que en cualquier momento esto se puede enyerbar — Y sin más, con la mano derecha empujó hacia adelante los dos aceleradores.
El paraje se presentaba silencioso, desolado, no daba señales de vida. Henry se colgó los prismáticos del cuello, y haciendo una seña, le indicó que aquel era el lugar. Sin decir palabras, Toledo enfiló el bote por entre los manglares que configuraba la vegetación costera, hasta que al dificultarse poder continuar, apagó el motor silencioso. Ligeros se metieron en las aguas poco profundas; el Agente agarró uno de los mangles y zarandeándolo varias veces, cuando estuvo seguro que serviría, amarró la balsa del gajo. En el acto le quitó el tapón, dejando que se hundiera a nivel del agua; revisaron las ataduras de los tanques de gasolina y el balón de aire, y al comprobar que todo estaba en orden, comenzaron avanzar lentamente por entre aquel laberinto de enredaderas, hongos y palos flotantes. Iban alertas, sabían que estaban en territorio totalitario, que la ley, la única de aquel grupo gobernante, consistía en mantenerse en el poder; la vida, no la de ellos por supuesto, sino la de los demás, la conceptuaban como simples escalones. Al alcanzar tierra firme, el Agente sacó un compás, abrió la mirilla y apuntando hacia la montaña que se hallaba en la distancia, leyó los grados que e daba el azimut; entonces puso la brújula encima de la carta geográfica, que había desdoblado en el suelo su compañero, y con una linterna, mientras iba moviendo la luz desde el extremo Sur, le refería: —Estamos aquí entre Yayales y las Martinas, andaremos toda la noche hasta llegar cerca de Guanes; allí descansaremos por el día, y al atardecer, si vemos que todo está tranquilo, cruzaremos el río Cuyaguateje y nos internaremos en las montañas— Toledo se irguió, y ajustándose el maletín que llevaba enganchado de la mochila, le indicó: —Es mejor que nos pongamos en marcha, pues son algunos kilómetros los que tenemos por delante —