La Conciencia - También es Gris ------ 18

Lo colocó de nuevo en la mesa, y tomando una tiza: —Para hacerlo más simple, las comunicaciones van a trabajar así: El yate es el punto (A), o sea el emisor; el satélite punto (B) capta la señal y la retransmite al Centro que es el (C). El Centro aparte de nuestro aviso, también recibe fotos de la zona, y en un aproximando de cinco minutos, nos comunica por radio telegrafía si todo esta bien. ¿Entendido?— Los tres afirmaron con movimientos de cabezas. Le extrañó que no hicieran preguntas sobre lo de las fotos nocturnas. (-"mejor así, se dijo"-). —Pues bien, como ven la función de estos radios es la de recibir, en ningún momento nosotros tendremos contacto directo con el Centro, pero si se presentara alguna emergencia, ellos estarán a la escucha las 24 horas— Terminada la reunión, cada uno se incorporó de nuevo a sus tareas; Henry le ordenó a Toledo instalará uno de los maletines a la corriente del yate.

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Las olas ondulaban de dos a tres pies; el boletín meteorológico que escucharon minutos antes, predecía buen tiempo para las próximas 24 horas. En ese momento al ser informado por Toledo, que ya estaban a unos 50 kilómetros de las costas de Pinar del Río, Henry envió a Papo para que lanzara la señal. Como niño que va estrenar juguete nuevo, se precipitó hacia cubierta, destapó el lente, lo sostuvo apuntando en dirección al cielo por espacio de un minuto, y con la misma retornó rápidamente a la cabina. Pasado unos instantes, que a ellos y muy en particular para el mecánico, le parecían siglos, se escuchó el di, di, di, da repetido. —Es la (V) de llamada—, prorrumpió Papo con alegría, y expedito se puso a copiar el mensaje. Cuando el sonido telegráfico finalizó, cogió uno de los libros de código y descifrando en un santiamén, se volvió hacia el jefe: —ALL CLEAR— —Bien— Aseveró el Agente. —No tenemos ni barcos ni aviones en las inmediaciones— y elevando la voz: —Julián cerciórate de que el radar está apagado— —Si, lo desconecté hace un rato

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El sonido seco, intermitente, repercutió en todos los rincones del submarino. Eran las ocho y 35. La nave experimentó una leve sacudida, conducida por la pericia de sus controladores, comenzó a dirigirse hacia la superficie. Tan pronto la torre de mando emergió sobre las aguas, el vigía salió por la escotilla y fue a ocupar su puesto; detrás lo hizo el capitán y en igual forma el subalterno, se llevó los catalejos a los ojos. En realidad él no esperaba ver nada, pues el navío que comandaba poseía equipos sofisticados, que le informaban todo lo que sucedía en un radio de 80 kilómetros.

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