La Conciencia - También es Gris ------ 16

En corto tiempo arribaron a la pequeña islita que se encontraba prácticamente desierta, habitada solamente por dos casas a prudencial distancia una de la otra. Sin demora introdujeron el camión en el garaje de la residencia enclavada en el extremo Sur, y se dieron a la tarea de descarga. Al terminar, el Agente le sugirió podía ir a descansar; Toledo buscó donde recostarse, y al comprobar que no habían muebles, encaminó sus pasos hacia la escalera de caracol; en la segunda planta encontró un catre, y cuan largo era se tiró en él. Enseguida los pensamientos le cayeron a raudales: desde el colegio en su pequeño pueblo natal, hasta la vez que casi lo toman prisionero en África. Con todos esos recuerdos circulando por la mente, se quedó dormido. Mientras, en la única mesa que se encontraba en la sala, Henry había puesto uno de los bultos, y sin prisa iba extrayendo los objetos: mapas, libros pequeños, dos cilindros de metal en forma de lente fotográfico, una cajita de color negro (del tamaño de una de cigarrillos), dos prismáticos de rayos infrarrojos, un pomo lleno de un liquido verdoso, otra caja parecida a un libro; la abrió comprobando su interior: el rollo de alambre muy fino recubierto con plástico transparente, la diminuta grabadora y el aparato en forma de cono; por último los dos maletines de fiberglass. Al finalizar se dirigió a la terraza que daba acceso a la piscina frente al embarcadero, se sentó en uno de los muros y encendiendo un cigarrillo, se dispuso a esperar. A los pocos minutos divisó las luces de una lancha que entraba en el canal. La embarcación llegó al muelle, y al momento vio a Papo saltar de ella. Terminando de amarrar el yate, los motores se apagaron; y ya Julián en compañía de su amigo, se encaminaron hacia la terraza. Al estar a su altura, Henry les preguntó: —¿Como trabaja?— —Bien, es rápida y estable— Le explicó Julián. —La probamos a toda velocidad y creemos hará el trabajo— —Perfecto; bueno, a descansar, que mañana tendremos mucho que hacer. La primera guardia para ti, después Papo, Toledo y yo

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Por la mañana todo era actividad, los bultos dispersos por la sala, el comedor y la cocina. En un rincón Toledo inspeccionaba las armas, cuatro metralletas de fabricación israelita con sus silenciadores, una calibre cincuenta, un lanza granadas, tres pistolas de nueve milímetros y varias granadas de mano. Julián en el comedor rodeado de latas en conservas las clasificaba; la amplia terraza casi en su totalidad ocupada: Papo tenía inflado el bote de goma y sujeto a un banco el motor silencioso trabajando. Henry repasaba mapas e instrucciones en la mesa de la sala. En esa labor estuvieron buena parte de la mañana. A eso de las doce, concluido el almuerzo y saboreado el café hecho por Julián, el Agente se dirigió hacia la mesa, cogió uno de los mapas del Caribe, y con precinta lo pegó a la pared. Se volvió en dirección al grupo y llamándoles la atención:

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